Una investigación desarrollada en La Rioja pone el foco en otro aspecto clave: qué sucede entre la detección de una situación y su registro y notificación dentro del sistema de salud.
Cuando dejamos de considerar al registro como una tarea exclusivamente administrativa y comenzamos a pensarlo como parte del proceso de cuidado adquiere una dimensión particular.
Entre una situación de intento de suicidio y su incorporación a las estadísticas existen distintos procesos: debe ser reconocida, detectada, registrada y notificada. Cuando alguno de estos eslabones se debilita, una parte de la problemática puede quedar fuera de los sistemas de información y permanecer menos visible.
“En mi investigación doctoral sobre el intento de suicidio en adolescentes observé que las prácticas de registro y notificación no dependen únicamente del conocimiento técnico o de la existencia de protocolos. También están atravesadas por la forma en que los profesionales comprenden estas situaciones, por el significado que le atribuyen al registro y por las condiciones institucionales en las que desarrollan su trabajo”, explica Viviana Stirnemann, licenciada en Psicología, vicedirectora de la Licenciatura en Psicología de Fundación Barceló y doctoranda en Ciencias de la Salud.
Entre los hallazgos, la investigación permitió identificar un predominio de representaciones que comprenden el intento de suicidio adolescente como una expresión de sufrimiento psicosocial y un pedido de ayuda, antes que como manifestación exclusiva de una enfermedad mental. En estas comprensiones aparecen los vínculos familiares, las trayectorias de vulnerabilidad, las desigualdades sociales y las condiciones de vida, aunque también coexisten perspectivas más centradas en explicaciones diagnósticas e individuales.
Los problemas sanitarios no se convierten automáticamente en prioridades de la agenda pública por el solo hecho de existir. Para poder intervenir sobre ellos es necesario también conocerlos, dimensionarlos y hacerlos visibles.
El registro epidemiológico permite producir información acerca de qué está ocurriendo, en qué grupos y territorios, y contribuye a identificar necesidades y brechas en las respuestas institucionales.
El propio Boletín Epidemiológico Nacional señala que consolidar la vigilancia constituye un insumo estratégico para orientar intervenciones de prevención y cuidado, mejorar los circuitos asistenciales y monitorear las respuestas institucionales.
Contar con información es solo un primer paso. Transformarla en prevención requiere también fortalecer los circuitos de atención, seguimiento y articulación dentro del sistema de salud.
A partir de esta base de información, los hallazgos de la investigación desarrollada en La Rioja plantean la necesidad de avanzar en criterios institucionales compartidos, mejorar los circuitos de registro y seguimiento, consolidar la articulación entre niveles de atención y fortalecer el trabajo interdisciplinario, intersectorial y comunitario.
El primer nivel de atención resulta especialmente relevante en este proceso: por su proximidad con las personas, las familias y las comunidades, es un ámbito clave para la detección temprana, el acompañamiento sostenido y la construcción de redes de cuidado.
“La palabra necesita ser escuchada, pero también necesita encontrar instituciones capaces de alojarla, registrarla y transformarla en cuidado”, sostiene Stirnemann.
Registrar no significa reducir una experiencia humana a una cifra. Significa también construir las condiciones para que aquello que sucede pueda ser reconocido colectivamente, adquiera visibilidad en los sistemas de salud y se transforme en información capaz de orientar decisiones, recursos y políticas públicas.
El desafío es avanzar de la visibilización hacia la acción: escuchar, registrar, comprender y cuidar.
Porque detrás de cada registro existe una persona, una historia, vínculos y una oportunidad de intervenir.
Hacer visible también es prevenir.
Gentileza de María. Fundación Barceló




